La antropología ha reconocido la importancia de las relaciones de los agricultores indígenas con la diversidad de cultivos desde hace mucho tiempo (Boster 1986; Brush et al. 1981; Conklin 1954). La capacidad de las creencias y prácticas indígenas para moldear la diversidad de cultivos, ha sido un tema importante para estudios y programas de investigación antropológicos e interdisciplinarios (Balée 1994; Conklin y Graham 1995; Orlove 1980; Redford y Stearman 1993). Esto ha variado desde disipar información falsa sobre los pueblos indígenas o los humanos en general (por ejemplo, los humanos siempre causan degradación ambiental) hasta mostrar la verdadera diversidad de la creatividad humana sobre el conocimiento y la práctica ambiental (Odonne, Guillaume y Molino 2020). Adicionalmente a las contribuciones teóricas y éticas, la investigación humano-ambiental, ha actuado cada vez más como una piedra angular en la lucha de la humanidad contra la pérdida de la diversidad tanto de cultivos (Brookfield y Padoch 1994; Brush 2004) como de sus parientes silvestres (Heywood et al. 2011), que supone una de las amenazas más apremiantes para la seguridad alimentaria mundial bajo el cambio climático.


